Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Tanta fue mi intranquilidad que no sabÃa estarme quieto. Tuve que hacer algo con las manos. Asà pues, cogà una aguja de encima de la mesa y me puse a enhebrarla. Las manos me temblaban y no hice un papel muy lucido. Cuando la mujer dejó de hablar, alcé la vista y vi que me estaba mirando de una manera bastante rara y sonriendo un poco. Solté el hilo y la aguja y di a entender que encontraba interesante lo que me contaba, y sà que lo encontraba interesante en realidad. Dije:
—Trescientos dólares es mucho dinero. Ojalá pudiera conseguirlos mi madre. ¿Irá su marido allà esta misma noche?
—SÃ. Se fue al pueblo con el hombre de quien te he hablado para conseguir una embarcación y ver si quieren prestarle otra escopeta. Irán después de medianoche.
—¿No verÃan mejor si esperaran a que se hiciera de dÃa?
—SÃ. ¿Y no podrÃa ver mejor el negro también? Lo más probable es que después de medianoche ya esté dormido, y asà podrán meterse por el bosque y buscar el fuego de su campamento, si es que lo tiene.
—No se me habÃa ocurrido pensar en eso.
La mujer seguÃa mirándome de una manera extraña y yo no me sentÃa ciertamente a mis anchas. Al poco rato dijo:
—¿Cómo dijiste que te llamabas, querida?