Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Pues verás, mi idea es la siguiente: daremos una vuelta para recoger el botÃn que se nos haya pasado por alto por los camarotes y nos iremos a tierra a esconderlo. Luego esperaremos. Yo digo que no han de pasar dos horas antes de que el barco se haga trizas y la corriente arrastre sus pedazos, ¿comprendes? Se ahogará y no podrá echarle la culpa a nadie como no sea a sà mismo. Yo creo que eso es mucho mejor que matarle. No me parece bien matar a un hombre mientras pueda uno evitarlo. No es moral. ¿No tengo razón?
—SÃ… supongo que sÃ. Pero ¿y si no se deshace, ni se lo lleva la corriente?
—Bueno, podemos esperar las dos horas y verlo por lo menos, ¿no?
—Bueno, vamos, pues.
De modo que salieron y yo escapé sudando de angustia y corrà a proa. Por allà estaba oscuro como boca de lobo, pero dije, en una especie de ronco susurro:
—¡Jim!
Un gemido sonó a mi lado. Dije: