Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn No tocamos un remo ni dijimos palabra, ni un susurro, apenas respiramos. La corriente nos arrastró rápidamente, en silencio, por delante de la rueda de paletas, pasando después a lo largo de la popa. Un segundo o dos más tarde estábamos a un trecho del vapor y la oscuridad se tragó todo rastro de él. Estábamos a salvo y lo sabÃamos.
Cuando nos encontrábamos a menos de media milla rÃo abajo, vimos aparecer la linterna como una chispa en la puerta del camarote durante un segundo, y comprendimos que los asesinos habÃan advertido la falta del bote y que se encontraban ahora en el mismo atolladero que Jim Turner.
Luego Jim tomó los remos y salimos en persecución de nuestra balsa. Entonces fue cuando empecé a preocuparme por los hombres; supongo que antes no habÃa tenido tiempo. Me puse a pensar en lo terrible que era, hasta para unos asesinos, el encontrarse en una situación como la suya. Me dije a mà mismo que cualquiera sabÃa si llegarÃa yo a ser asesino alguna vez y entonces, ¿acaso me gustarÃa a mÃ? De modo que le dije a Jim:
—En cuanto podamos, desembarcaremos en un sitio que sea un buen escondite para ti y para el bote. Yo idearé cualquier cuento y conseguiré que alguien vaya a buscar a esa cuadrilla y la saque del fregado para que los puedan ahorcar a todos.