Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pero la idea fue un fracaso, porque no tardó en desencadenarse otra tormenta, más monumental que la anterior. Diluvió y no se vio ni una sola luz. Todo el mundo debía de estar en la cama, sin duda alguna. Bajamos el río buscando luces y prestando atención por si veíamos nuestra balsa. Después de mucho rato cesó la lluvia, pero no se despejaron las nubes y los relámpagos siguieron parpadeando, y, en una ocasión, vimos a la luz de uno de ellos un bulto negro que flotaba delante de nosotros. Nos dirigimos hacia él.
Era la balsa y estuvimos contentísimos de vernos a bordo de ella otra vez. Entonces divisamos una luz, a la derecha, en tierra. De modo que dije que me dirigiría a ella. El bote estaba medio repleto del botín que la cuadrilla había robado a bordo. Lo pusimos amontonado sobre la balsa y le dije a Jim que siguiera flotando hacia abajo y que encendiera luz cuando juzgara que había recorrido dos millas y que no la apagara hasta que yo volviese. Luego cogí los remos y bogué en dirección de la luz.