Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn A medida que me acercaba, vi aparecer tres o cuatro más, en la ladera de una colina. Era un pueblo. Me dirigà a un punto por encima de la luz de la costa, descansé sobre los remos y me dejé arrastrar por la corriente. Al pasar, vi que era una linterna colgada del asta de la bandera de un vapor de pasaje de doble quilla. Busqué al vigilante, preguntándome dónde dormirÃa, y, más tarde, le encontré subido a las bitas, a proa, con la cabeza entre las rodillas. Le sacudà dos o tres veces el hombro y empecé a llorar.
Se despertó con sobresalto, pero, cuando vio que solo se trataba de mÃ, bostezó, estiró los brazos y dijo:
—¡Hola! ¿Qué pasa? No llores, chico. ¿Qué te pasa?
Yo dije:
—Papá, mamá, hermanita y…
Rompà a llorar con desconsuelo. Él dijo:
—¡Diantre! No te pongas asÃ. Todos hemos de pasar nuestras penas y esta se arreglará. ¿Qué les ocurre?
—Están… están… ¿Es usted el vigilante del barco?