Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—¡Apuesto a que no! Pero… ¡si no tienen la menor probabilidad de salvarse como no abandonen el barco aprisa y corriendo! ¿Cómo diablos se han metido en semejante atolladero?

—Muy sencillo. La señorita Hooker había ido de visita allí, en la población…

—Sí, en Booth’s Landing… Continúa, muchacho, continúa.

—Estaba de visita en Booth’s Landing y, al atardecer, salió con su negra en la barca de caballos para pasar la noche en casa de su amiga, la señorita… ¿cómo se llama? No me acuerdo de su nombre… y perdieron el remo de gobernar, y la barca dio la vuelta y empezó a derivar río abajo, de popa, como un par de millas, y montó encima del barco naufragado, y el barquero y la negra y los caballos se perdieron todos; pero la señorita Hooker pudo agarrarse y subir a bordo del vapor naufragado.

»Bueno, pues cuando hacía una hora que había oscurecido, llegamos nosotros en nuestro lanchón mercante y la noche era tan oscura que no vimos el vapor hasta que nos lo echamos encima, de modo que nos estrellamos; pero todos nos salvamos menos Bill Whipple… Y, ¡oh!, ¡tan buena persona como era!… Casi hubiera preferido haber sido yo.

—¡Qué barbaridad! ¡En mi vida he visto cosa igual! Y entonces, ¿qué hicisteis todos?


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