Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Eché a correr hacia la luz; pero, en cuanto él dobló la esquina, volví a mi bote, me metí en él, achiqué el agua y luego remé costa arriba, por agua mansa, como media milla, y me metí entre unos barcos, porque no podía estar tranquilo hasta que viera salir al vapor.
Pero, considerándolo todo, me sentía bastante bien por haberme molestado tanto para ayudar a la banda aquella. Poca gente hubiese hecho otro tanto. Me hubiera gustado que la viuda lo supiese. Seguramente se hubiera sentido orgullosa de mí, por ayudar a aquellos pícaros, porque los pícaros y los que se encuentran en la miseria son la clase de gente que más parecen interesar a la viuda y a las personas buenas.
Bueno, pues al poco rato, bajó a la deriva el vapor naufragado, sin luz alguna a bordo. Tuve un escalofrío y remé hacia él. Iba muy hundido y enseguida vi que existían muy pocas probabilidades de que en él se encontrase ninguna persona viva. Remé en torno a él y di unos cuantos gritos, pero no obtuve respuesta.
Reinaba un silencio de muerte. Sentí cierta pena por la pandilla, pero no mucha, porque pensé que, si ellos podían soportarlo, mejor podría soportarlo yo.