Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Betsy, quita esa luz de ahÃ, majadera… ¿Es que no tienes sentido común? Ponla en el suelo, detrás de la puerta. Bob, si tú y Tom estáis preparados, ocupad vuestros sitios.
—Estamos preparados.
—George Jackson, ¿conoces a los Shepherdson?
—No, señor; nunca oà hablar de ellos.
—Bueno, tal vez sea asà y tal vez no lo sea. Ahora, todos preparados. Echa a andar hacia delante, George Jackson. Y cuidadito no corras… ve muy despacio. Si alguien está contigo, que no se acerque… Si saca la cabeza recibirá un tiro. Vamos. Anda despacio. Empuja la puerta tú mismo… ábrela lo suficiente para entrar de lado, ¿has entendido?
No me di prisa. Tampoco hubiera podido, aunque lo quisiera. Anduve paso a paso, y no hubo el menor ruido, solo que me pareció oÃr los latidos de mi corazón. Los perros guardaban el mismo silencio que las personas, pero me seguÃan un poco rezagados. Cuando llegué a los tres escalones de troncos, oà girar la llave en la cerradura, descorrerse cerrojos, alzarse trancas.
Apoyé la mano en la puerta y la empujé un poco, y un poco más, hasta que alguien dijo:
—Bueno, ya basta… Saca la cabeza.
Lo hice, pero creà que me la iban a cortar.