Las aventuras de Huckleberry Finn

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La vela estaba en el suelo y allí estaban todos, mirándome a mí, y yo mirándoles a ellos, durante un cuarto de minuto poco más o menos. Tres hombrones, apuntándome con las escopetas, lo que me dio el gran susto, puedo asegurarlo. El más viejo, entrecano y de unos sesenta años de edad; los otros dos, de treinta años o más —todos ellos recios y bien parecidos— y una dulcísima anciana de cabello gris y, detrás de ella, dos muchachas jóvenes a las que no podía ver bien. El viejo dijo:

—Vaya… Me parece que no hay peligro. Entra.

Así que hube entrado, el anciano echó la llave a la puerta, corrió los cerrojos y puso las trancas y dijo a los jóvenes que le siguieran con las escopetas y todos entraron en una sala grande que tenía una alfombra nueva de trapo y se reunieron en un rincón fuera de tiro de las ventanas delanteras; a los lados no había ninguna ventana. Levantaron la vela y me dieron una buena ojeada y todos dijeron:

—Pues este no es un Shepherdson… No, no tiene nada de Shepherdson.



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