Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Después dijo el viejo que esperaba que no me importarÃa que me registrasen para ver si llevaba armas, porque no lo hacÃa con mala intención, solo era para estar seguro. De modo que no me registró los bolsillos. Solo me palpó someramente con las manos y dijo que estaba bien. Me dijo que hiciera como si estuviese en mi casa y les contara algo acerca de mÃ, pero la anciana dijo:
—¡Por Dios, Saul! ¡Esa pobre criatura está calada hasta el tuétano! ¿Y no se te ocurre que puede tener hambre?
—Tienes razón, Rachel… Me olvidé.
De modo que la anciana dijo:
—Betsy —esta era una negra—, ve a buscarle algo de comer tan aprisa como puedas, pobre criatura, y una de vosotras, muchachas, puede despertar a Buck y decirle… Oh, aquà está Buck, llévate a este forasterito, quÃtale la ropa mojada y ponle ropa seca de la tuya.
Buck parecÃa ser de la misma edad que yo: trece o catorce años, o algo asÃ, aunque era un poco más grande. Llevaba solamente puesta una camisa y traÃa la cabeza desgreñada. Entró bostezando y frotándose los ojos con un puño, y con la otra mano arrastraba la escopeta. Dijo:
—¿No hay ningún Shepherdson por ah�
Dijeron que no, que habÃa sido una falsa alarma.
—Bueno —dijo él—, pues si hubiera habido alguno, me parece que me habrÃa cargado a uno de ellos.