Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Todos se echaron a reÃr y Bob dijo:
—Con las prisas que te has dado en venir, hubieran podido quitarnos el cuero cabelludo a todos.
—Nadie vino a buscarme y no hay derecho. Siempre se me posterga. Nunca se me da una oportunidad.
—No te preocupes, Buck, muchacho —dijo el viejo—, no te faltará una oportunidad a su debido tiempo, no te impacientes por eso. Ahora, a hacer lo que te ha dicho tu madre.
Cuando subimos a su cuarto, me dio una camisa basta y una chaqueta y unos pantalones suyos y yo me los puse. Mientras lo hacÃa, me preguntó cuál era mi nombre, pero sin darme tiempo a contestarle empezó a hablarme de un grajo azul y de una crÃa de conejo que habÃa atrapado en el bosque el dÃa anterior y me preguntó dónde estaba Moisés cuando se apagó la vela. Le dije que no lo sabÃa, que nunca habÃa oÃdo hablar de eso.
—Bueno, pues adivina —dijo.
—¿Cómo quieres que lo adivine —contesté yo—, si no he oÃdo contar eso antes?
—Pero puedes adivinarlo, ¿no? Es muy fácil.
—¿Qué vela? —pregunté.
—Pues cualquier vela.
—No sé dónde estaba. ¿Dónde estaba?
—Pues… ¡en la oscuridad! ¡En eso estaba!
—Bueno, pues si sabÃas dónde estaba, ¿para qué me lo preguntas?