Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Pues sí que lo has deletreado —dije—. No creí que supieras hacerlo. No es un nombre fácil de deletrear, que digamos… así, de sopetón, sin estudiarlo.

Cuando estuve solo, lo anoté, no fuese que me pidiera a mí que lo deletreara después, y así quería ensayar para poder hacerlo como si estuviera acostumbrado a él.

Era una familia agradabilísima y una casa también muy agradable. Antes, nunca había visto en el campo una casa que fuera tan agradable y de tanto postín. En la puerta principal no tenía picaporte de hierro ni de madera, sino un tirador de latón que giraba, lo mismo que en las casas de una ciudad.

En la sala no había ninguna cama ni nada que se le pareciera, pero hay muchas salas en la ciudad que tienen camas. En el hogar había una gran chimenea con ladrillos que conservaban siempre limpios y encarnados, echándoles agua por encima y frotándolos con ladrillo. A veces los lavaban con pintura encarnada hecha con agua, que llaman castaño de España, lo mismo que en la ciudad. Tenían grandes morillos de bronce, capaces de sustentar un tronco entero.


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