Las aventuras de Huckleberry Finn

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En el centro de la repisa había un reloj con la vista de una ciudad pintada en la mitad inferior y un sitio redondo en el centro para el sol, y detrás se veía oscilar el péndulo. Era hermoso oír el tictac de aquel reloj. Y a veces, cuando se acercaba uno de esos buhoneros y lo limpiaba y lo ponía en condiciones, empezaba a funcionar y daba ciento cincuenta campanadas antes de quedarse agotado. No lo hubieran dado por todo el dinero del mundo.

Bueno, pues también había un loro grande, raro, a cada lado del reloj, hecho de algo que parecía yeso y pintado con vivos colores. Al lado de uno de los loros había un gato de porcelana y un perro también de porcelana al otro lado. Y cuando se les apretaba, chirriaban; pero no abrían la boca, ni cambiaban de expresión, ni parecían sentir el menor interés.

Chirriaban por debajo. Detrás de estas cosas había un par de abanicos grandes, de palo silvestre, abiertos. Sobre una mesa, en el centro del cuarto, había una especie de cesta muy bonita de porcelana, donde se apilaban manzanas y naranjas, y melocotones, y uvas, que eran más encarnados, y más amarillos, y más bonitos que los de verdad; pero no eran de verdad porque había sitios en que estaban descascarillados y se veía yeso, o lo que fuera, debajo.


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