Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Aquella mesa tenía un tapete hecho de hule muy bonito, con un águila encarnada y azul, con las alas desplegadas, pintada encima y una orla pintada alrededor. Dijeron que había venido de Filadelfia. También había algunos libros, amontonados con perfecta exactitud, en cada ángulo de la mesa. Uno de ellos era Progreso del peregrino,[1] que hablaba de un hombre que dejó su familia, aunque no decía por qué. Leía un buen trozo de vez en cuando. Decía cosas muy interesantes, pero duras. Otro era Ofrenda de amistad, lleno de cosas bonitas y poesía; pero no leí la poesía.

Otro era Los discursos de Henry Clay[2] y otro Medicina de las familias, del doctor Gunn, en el que se decía todo lo que se tenía que hacer si uno estaba enfermo o muerto. Había un libro de himnos y muchos otros libros. Y había sillas de rejilla muy bonitas y en perfecto estado, es decir, no hundidas por el medio ni reventadas como una cesta vieja.

En la pared había muchos cuadros colgados, principalmente de Washington, de La Fayette, de batallas, de María la Escocesa, y uno que ponía «Firmando la Declaración».[3] Había otros que ellos llamaban «dibujos al creyón», que una de las hijas, que estaba muerta, había hecho solita cuando tenía quince años nada más. Eran diferentes a todos los cuadros que yo había visto antes; más negros, generalmente, de lo corriente.


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