Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Todas estas estampas serían muy bonitas, pero no sé por qué no se me hacían simpáticas, porque, como estuviera un poco decaído, siempre me aplanaban más. Todos sentían mucho su muerte, porque se había estado preparando para hacer muchas más estampas de aquellas y, por lo que había hecho, podía darse uno cuenta de lo que se había perdido. Pero yo creo que, con su temperamento, estaría pasándolo mucho mejor en el cementerio.

Estaba trabajando en lo que decían que era su cuadro más bueno cuando se puso enferma y todas las noches rogaba a Dios que la dejase vivir hasta que lo hubiese terminado; pero jamás pudo hacerlo. Era el cuadro de una joven, con un vestido blanco, largo, de pie sobre el pretil de un puente, a punto de tirarse, con el pelo suelto por la espalda, lágrimas en la cara, dos brazos cruzados sobre el pecho, dos extendidos hacia delante y dos levantados hacia la luna. La idea era ver cuál de los tres pares hacía mejor efecto y después borrar los otros dos; pero, como decía, se murió antes de tomar una decisión y ahora conservaban el cuadro sobre la cabecera de la cama de su cuarto y, cuando llegaba el día de su cumpleaños, lo adornaban con flores. El resto del tiempo estaba escondido tras una cortinita. La joven de la estampa tenía una cara muy dulce; pero tenía tantos brazos que se parecía demasiado a una araña, en mi opinión.


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