Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Dejó su alma el mundo cruel,
cuando cayó a un pozo.
En vano le frotaron,
esfuerzo sin ventura,
y do los santos volaron
está en alma pura.
Si Emmeline Grangerford era capaz de escribir poesía como esa antes de los catorce años, cualquiera sabe lo que hubiese llegado a hacer con el tiempo. Buck me dijo que era capaz de soltar poesía de carrerilla como si tal cosa. Nunca tenía que pararse a pensar. Me dijo que escribía una línea y, si no encontraba nada que cayera en verso con ella, la tachaba, escribía otra y tiraba adelante. No tenía preferencias; sabía escribir de cualquier cosa que le dijeran, siempre que fuese algo triste.
Cada vez que se moría un hombre, o se moría una mujer, o se moría un niño, se presentaba ella con su «tributo» cuando aún no se había enfriado el cadáver. Ella los llamaba «tributos». Los vecinos decían que primero era el médico, luego Emmeline y después el de las pompas fúnebres. El de las pompas fúnebres solo se adelantó a Emmeline una vez, y fue porque la muchacha se quedó atascada buscándole consonante al nombre del difunto, que era Whistler. Ya no volvió a ser la misma. Jamás se quejó, pero empezó a languidecer y no vivió mucho tiempo.