Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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¡Pobre chica! Más de una vez me obligué a mí mismo a subir al cuartito que había sido suyo, y sacar su libro de recortes y leerlo cuando sus cuadros me habían irritado más que de costumbre y se me había agriado un poco su recuerdo. Me era simpática aquella familia incluyendo los muertos, y no pensaba consentir que se interpusiera nada entre nosotros.

La pobre Emmeline había escrito versos de todos los muertos y se me antojaba que no había derecho a que nadie los escribiera de ella ahora que había desaparecido del mundo de los vivos. Y por este motivo traté de escribir un verso o dos yo, pero no logré que me salieran.

Conservaban el cuarto de Emmeline arreglado y bonito, con todas las cosas colocadas exactamente como a ella le había gustado que estuvieran cuando vivía, y nadie dormía nunca en aquella habitación. La anciana se cuidaba ella misma del cuarto aunque tenían negros de sobra, y allí cosía mucho y también leía la Biblia generalmente.

Bueno, pues, como decía de la sala, había en las ventanas unas cortinas preciosas, blancas, con estampas pintadas de castillos, con las paredes cubiertas de plantas trepadoras, y con ganado que iba a abrevar.


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