Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Fui y se lo conté a la viuda y ella dijo que lo que se podía conseguir rezando eran «dones espirituales». Esto se me hacía demasiado complicado; pero me explicó lo que quería decir: debía ayudar al prójimo y hacer todo lo que pudiese por los demás, y velar por ellos siempre y no pensar nunca en mí. En esto me pareció que se incluía a la señorita Watson.
Salí al bosque y le di vueltas al magín un buen rato; pero no supe ver en ello la menor ventaja —como no fuera para los demás—, hasta que por fin decidí no preocuparme del asunto y dejarlo.
A veces, la viuda me llamaba aparte y me hablaba de la providencia de una manera como para que se le hiciera la boca agua a un chico; pero, a lo mejor, la señorita Watson me cogía por su cuenta al día siguiente y echaba por tierra todo lo que había dicho la otra.
Pensé que habría dos providencias y que un pobre chico lo pasaría muy bien con la de la viuda; pero que si pillaba la providencia de la señorita Watson, estaba apañado para siempre. Lo pensé bien y decidí que, si me quería, pertenecería a la de la viuda, aun cuando no comprendí qué había de ganar la providencia conmigo, puesto que yo era tan burro, tan patán y tan ruin.