Las aventuras de Huckleberry Finn

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Hacía más de un año que no había visto a mi padre, lo que resultaba la mar de cómodo para mí. No quería volver a verle. Acostumbraba a molerme a palos cuando estaba sereno y podía echarme el guante, aunque yo me escapaba al bosque la mayor parte del tiempo cuando él andaba por los alrededores.

Bueno, pues por este tiempo lo encontraron ahogado en el río, a unas doce millas más arriba de la población, según decía la gente. Al menos, creyeron que era él. Dijeron que el ahogado tenía su estatura, iba cubierto de harapos y tenía el pelo muy largo —todo lo cual era como papá—, pero no podían sacar nada en claro de la cara, porque había estado en el agua tanto tiempo que ni siquiera se parecía mucho a una cara. Dijeron que flotaba panza arriba en el agua. Le sacaron y le enterraron en la orilla.

Pero en mucho tiempo no me sentí tranquilo, porque se me ocurrió pensar una cosa. Yo sabía divinamente que un hombre ahogado no flota panza arriba, sino boca abajo. Por ello comprendí entonces que aquel no era papá, sino una mujer vestida de hombre. Y de nuevo me sentí intranquilo. Calculé que volvería a aparecer el viejo y yo hubiese querido que no apareciese más.

Durante un mes jugamos a bandoleros alguna que otra vez, y luego yo presenté la dimisión. Todos los chicos me imitaron. No habíamos robado a nadie, ni habíamos matado a nadie, como no fuese de mentirijillas.


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