Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Solíamos salir de los bosques y cargar contra porqueros y mujeres que iban al mercado con un carro de verdura; pero nunca nos llevamos a ninguno. A los cerdos, les llamaba Tom Sawyer «lingotes», y a los nabos y cosas «joyas», y nos íbamos a la cueva y charlábamos de lo que habíamos hecho y de cuánta gente habíamos matado y señalado. Pero yo no veía en ello la menor ganancia.
Una vez, Tom mandó a un chico a recorrer la población con un palo encendido que él llamaba «grito de combate» (era una señal para que se reuniera toda la cuadrilla), y luego dijo que, por medio de sus espías, había recibido noticias secretas de que, al día siguiente, un grupo de mercaderes españoles y de ricos árabes iba a acampar en Cave Hollow con doscientos elefantes, y seiscientos camellos, y más de mil caballerías, todos cargados de diamantes, y que solo llevaban una escolta de cuatrocientos soldados, conque podríamos esperarles emboscados, como él decía, y matarlos a todos y llevarnos las cosas.
Dijo que debíamos limpiar las espadas y escopetas y prepararnos. Nunca podía atacar, siquiera a un carro de nabos, sin antes obligarnos a fregar espadas y escopetas, aunque solo eran listones y mangos de escoba y ya podía uno fregarlos hasta pudrirse, que no por eso valían un puñado de cenizas más que antes.