Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Yo no creÃa que pudiéramos vencer a semejante montón de españoles y árabes, pero querÃa ver los elefantes y camellos, de modo que no falté al dÃa siguiente, sábado, a la emboscada. Y, cuando se dio la voz, salimos corriendo del bosque y bajamos la colina.
Pero no habÃa españoles ni árabes, y no habÃa elefantes ni camellos. No era nada más que una merienda de la escuela dominical, y aun de la clase de párvulos. La deshicimos y perseguimos a los chicos cuenca arriba; pero solo conseguimos unos bollos y una mermelada, aunque Ben Rogers se hizo con una muñeca de trapo y Joe Harper con un libro de himnos y un folleto religioso. Entonces cargó el maestro contra nosotros y nos hizo soltarlo todo y poner pies en polvorosa.
Yo no vi ningún diamante y asà se lo dije a Tom Sawyer. Me contestó que, a pesar de todo, los habÃa allà a carretadas; y dijo que también habÃa árabes y elefantes y cosas. Yo le pregunté, entonces, por qué no podÃamos verlos.
Me contestó que, si yo no fuese tan ignorante y hubiera leÃdo un libro llamado Don Quijote, lo sabrÃa sin preguntarlo. Dijo que allà habÃa centenares de soldados, y elefantes, tesoros y todo eso, pero que tenÃamos unos enemigos, que él llamaba magos, que lo habÃan convertido todo en una escuela dominical de párvulos solo por dejarnos con un palmo de narices.