Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Ahora —dijo el duque—, desde esta noche en adelante podremos navegar de dÃa si nos conviene. Cuando veamos acercarse a alguien, atamos a Jim de pies y manos con una cuerda, le metemos en el cobertizo, enseñamos este anuncio y decimos que le hemos cogido rÃo arriba, que somos demasiado pobres para viajar en vapor y hemos conseguido que unos amigos nos dejen esta balsa a fiado y que vamos a cobrar la recompensa. Jim estarÃa mejor aún con esposas y cadenas, pero eso no irÃa bien con el cuento de nuestra pobreza. ResultarÃa como si le pusiésemos joyas. Cuerdas es lo conveniente. Hay que conservar la armonÃa, como decimos en las tablas.
Todos dijimos que el duque era muy listo y que ya no tendrÃamos disgustos para navegar de dÃa. Calculamos que aquella noche podrÃamos recorrer suficientes millas para ponernos fuera del alcance del polvo que suponÃamos habÃa de levantar la faena del duque en la imprenta de aquella pequeña población. Después podrÃamos seguir adelante de dÃa si querÃamos.
Permanecimos escondidos sin hacer ruido y no desatracamos hasta cerca de las diez. Después pasamos flotando, bastante apartados de la población, y no izamos la linterna hasta haberla perdido de vista por completo.
Cuando Jim me despertó a las cuatro de la mañana para hacer el relevo, dijo:
—Huck, ¿crees tú que vamos a encontrarnos con más reyes en este viaje?