Las aventuras de Huckleberry Finn

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Sherburn no dijo nada, se limitó a quedarse donde estaba, mirando hacia abajo. El silencio ponía carne de gallina y era muy desagradable. Sherburn paseó despacio su mirada por la muchedumbre y, allí donde la posaba, la gente intentaba hacerle bajar la vista, pero no podía. Fue la gente la que bajó la mirada, llena de inquietud.

Por último, Sherburn soltó una especie de risa, no muy agradable, sino de esa clase que le hace a uno sentirse como si estuviera comiendo pan que tuviese arena dentro.

Después dijo, muy despacio y con desprecio:

—¡La mera idea de que vosotros queráis linchar a alguien es divertida! ¡La idea de que pensáis que tenéis coraje suficiente para linchar a un hombre…! Porque os sentís valentones para alquitranar y cubrir de plumas a las pobres mujeres arrojadas de su casa y sin amigos, que pasan por aquí, ¿os creíais con arrestos suficientes para ponerle la mano encima a un hombre? ¡Sí, un hombre no corre peligro en manos de diez mil de vuestra ralea, mientras sea de día y no estéis a sus espaldas!



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