Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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La gente parecía que se iba a morir de risa, y cuando el rey acabó de hacer piruetas y se retiró, haciendo unos cuantos saltitos, por entre bastidores, rugió, aplaudió, alborotó y las carcajadas no cesaron hasta que salió otra vez y repitió el número. Y después de eso se lo hicieron repetir otra vez. Hasta una vaca se hubiera reído al ver las piruetas que hacía aquel tonto de viejo.

Después, el duque dejó caer el telón, saludó al público y dijo que la gran tragedia solo se representaría otras dos noches porque apremiaban contratos de Londres, donde ya estaban vendidas todas las butacas para la función que se daría en Drury Lane.

Después les hizo otra reverencia y dijo que si habían logrado complacerles e instruirles les estarían muy agradecidos si recomendaban la función a sus amistades.

Una veintena de personas gritó:

—¡Cómo! ¿Ya se ha acabado? ¿Eso es todo?

El duque dijo que sí. ¡La que se armó entonces! Todo el mundo gritaba: «¡Nos han timado!», y se ponían de pie enfurecidos con la intención de arremeter contra el escenario y los trágicos. Pero un hombre alto, de magnífico aspecto, se puso de pie encima de un banco y gritó:

—¡Un momento! ¡Permitidme unas palabras, señores!


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