Las aventuras de Huckleberry Finn

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A la tercera noche, el local volvió a llenarse y no por gente nueva, sino por la misma que había asistido a las funciones de los días anteriores. Me quedé con el duque junto a la puerta y noté que todos los que entraban traían muy abultados los bolsillos o algo escondido debajo de la chaqueta, y comprendí que no se trataba de artículos de perfumería, ni mucho menos.

Olí un montón de huevos podridos, y de berzas putrefactas y cosas así. Y si yo conozco las señales de cuando hay un gato muerto por los alrededores, apuesto a que entraron sesenta y cuatro de ellos aquella noche. Entré un momento en el local, pero resultó demasiado aromático para mí; no pude soportarlo.

Bueno, pues, cuando ya no cabía más gente, el duque dio veinticinco centavos a un chico y le encargó que cuidara la puerta un momento, y después echó a andar hacia la entrada de los artistas, y yo tras él. Pero tan pronto doblamos la esquina y nos encontramos en la oscuridad, dijo:

—Ahora anda aprisa, hasta que te hayas pasado todas las casas y luego corre hacia la balsa como si te persiguiera el mismísimo demonio.


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