Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Lo hice así y él me imitó. Alcanzamos la balsa al mismo tiempo y en menos de dos segundos nos deslizábamos por el río, oscuro y silencioso, acercándonos al centro, sin que nadie pronunciase ni una sola palabra. Me dijo que el pobre rey iba a pasarlas negras con el público, pero no fue así; al poco rato salió del cobertizo, preguntando:
—Bueno, ¿y cómo ha ido la cosa esta vez, duque?
Ni siquiera había estado en el pueblo.
Hasta que estuvimos unas diez millas más abajo del pueblo no encendimos ninguna luz. Entonces hicimos fuego y cenamos, y el rey y el duque casi se descoyuntaron de risa pensando en la jugarreta que habían gastado a aquella gente. El duque dijo:
—¡Estúpidos novatos! Yo sabía que los primeros espectadores se callarían y dejarían que picase el resto de la población. Ya sabía que nos la guardarían para la tercera noche, considerando que entonces les tocaba a ellos. Pues sí que les toca, y daría algo por saber lo que sacan de ello. Me gustaría saber cómo están aprovechando la oportunidad. Si quieren lo pueden convertir en una merendona… Llevaban provisiones de sobra.
En las tres noches recaudaron aquellos bergantes cuatrocientos sesenta y cinco dólares. Nunca había visto yo recoger dinero así, a carretadas, hasta entonces.