Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Oh, sÃ, bastantes. TenÃa casas y tierras y, según se dice, dejó tres o cuatro mil dólares en metálico escondidos en algún sitio.
—¿Cuándo dice usted que murió?
—No lo dije, pero fue anoche.
—¿Será mañana el entierro?
—SÃ, a eso del mediodÃa.
—Pues sà que es triste todo eso, pero todos emprenderemos el gran viaje tarde o temprano. De modo que lo que hay que hacer es estar preparados.
—SÃ, señor; eso es lo mejor. Mamá siempre decÃa eso.
Cuando llegamos al barco, habÃan acabado de cargar y no tardó en marcharse. El rey no dijo una palabra sobre lo de ir a bordo, de modo que perdà mi paseo después de todo. Cuando el vapor estuvo lejos, el rey me obligó a remar una milla más arriba, hasta un lugar solitario. Después desembarcó y dijo:
—Te vas volando a traer al duque aquÃ, con las maletas nuevas. Y si se ha ido al otro pueblo, cruza a buscarle. Y dile que se ponga de punta en blanco. ¡Conque ya estás volando!