Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Adiviné sus intenciones, pero no dije una palabra, naturalmente. Cuando volví con el duque, escondimos la canoa y después se sentaron sobre un tronco y el rey informó al duque de todo lo que había contado el joven, hasta la última palabra. Y mientras lo hacía, procuraba hablar como inglés; y lo hizo bastante bien, por añadidura, para ser quien era. No puedo imitarle, y por eso no voy a intentarlo; pero lo hizo bastante bien, de verdad. Después dijo:
—¿Qué tal hace usted de sordomudo, Bilgewater?
El duque dijo que corría de su cuenta, dijo que había hecho el papel de sordomudo en las tablas. Así pues, esperaron un vapor.
A media tarde, pasaron dos barcos pequeños, pero no venían de bastante lejos. Por fin apareció uno grande y le dieron una voz. El vapor botó un bote y en él fuimos a bordo. Venía de Cincinnati. Cuando se enteraron de que solo queríamos ir a cuatro o cinco millas se pusieron furiosos y nos llenaron de injurias, diciendo que no nos desembarcarían. Pero el rey no perdió la serenidad. Dijo:
—Si unos caballeros pueden permitirse el lujo de pagar un dólar por cabeza y milla para que los embarquen y desembarquen en un bote, bien puede un vapor permitirse el lujo de llevarles, ¿no?