Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Y al oír esto se calmaron y dijeron que no había inconveniente. Y, cuando llegamos al pueblo, nos mandaron a tierra en el bote. Cuando vieron que se acercaba el bote, el desembarcadero se llenó con un par de docenas de hombres. Y el rey preguntó:
—¿Alguno de ustedes puede decirme dónde vive el señor Peter Wilks?
Los hombres se miraron unos a otros, moviendo la cabeza afirmativamente, como queriendo decir: «¿No os lo decía?». Después contestó uno, con dulzura:
—Lo siento, caballero, pero lo único que podemos hacer es decirle dónde vivía anoche.
Rápido como el pensamiento, el muy sinvergüenza fingió desplomarse y cayó contra el hombre, y apoyó la barbilla en su hombro, y le lloró por la espalda, y dijo:
—¡Ay de mí! ¡Ay de nosotros! ¡Pobre hermano nuestro… ha muerto y no hemos llegado a tiempo para verle! ¡Oh! ¡Es demasiado duro!
Después se volvió, haciendo pucheros, y con los dedos se puso a hacerle una serie de señas estúpidas al duque, y maldito si este no dejó caer la maleta y también cogió una perra. En mi vida he visto timadores más desvergonzados que ellos.