Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Después el rey dio a escondidas un codazo al duque. Yo vi cómo lo hacía, y miró a su alrededor y en un rincón vio el ataúd, sobre dos sillas. Entonces fue cuando el duque y él se rodearon mutuamente el hombro con un brazo y, mientras se llevaban la otra mano a los ojos, echaron a andar despacio y solemnemente hacia allá. Todo el mundo se apartó para hacerles paso y se pararon los ruidos y conversaciones, diciendo la gente: «¡Chitón!», y los hombres se quitaron el sombrero, inclinaron la cabeza y se hubiera oído caer un alfiler.
Y cuando llegaron, se agacharon y dieron un vistazo al ataúd y soltaron el moco de una forma que por poco se les hubiera oído en Orleans. Después se arrojaron uno en brazos del otro y cada uno apoyaba la barbilla en el hombro del otro, y durante tres minutos, o tal vez cuatro, jamás he visto a dos hombres llorar tanto como ellos. Y por cierto que todo el mundo estaba haciendo lo mismo y el cuarto estaba tan húmedo que en mi vida he visto cosa igual.
Después, se pusieron cada uno a un lado del ataúd, y se arrodillaron, apoyando la frente en la caja del muerto, y haciendo como que rezaban para sus adentros. Bueno, pues al llegar a ese extremo la gente se emocionó de verdad, y todos empezaron a soltar lagrimones y a sollozar bien alto, y también las pobres chicas.