Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Y casi todas las mujeres se fueron acercando a las muchachas sin decir palabra y les daban un beso en la frente. Y cada una les ponía su mano en la cabeza, mientras levantaban los ojos al cielo y las lágrimas se escurrían por las mejillas, hasta que cogían la perra y se iban llorando y enjugándose las lágrimas, dejando campo libre para la siguiente. En mi vida he visto cosa que más me asqueara.
Finalmente se levantó el rey y se adelantó unos pasos y se excitó, y farfulló un discurso cargado de lágrimas y de vaciedades, diciendo que tanto él como su pobre hermano estaban pasando por una prueba muy dura al perder al difunto y no haber podido llegar a tiempo para verle vivo después del largo viaje de cuatro mil millas; pero para nosotros, dijo, es una prueba dulcificada y santificada por esta querida simpatía y estas santas lágrimas.
Y desde lo más hondo de su corazón les dio las gracias, y también desde lo más hondo del corazón de su hermano, porque no podían por la boca, ya que las palabras eran demasiado débiles y frías, y toda clase de sandeces y sentimentalismos que me hacían revolver el estómago. Después lloriqueó un beatísimo «amén» y abrió el grifo y se puso a berrear como si le estuvieran matando.