Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Para sentarse. ¿Para qué creÃa usted que iba a quererlo?
—¡Yo creÃa que estarÃa en el púlpito!
¡Maldita sea, se me habÃa olvidado que era pastor! Vi que habÃa vuelto a meter la pata. De modo que recurrà a otro hueso de pollo y eché otro trago. Después dije:
—Maldita sea… ¿Es que usted cree que solo hay un predicador en cada iglesia?
—Pues, ¿para qué quieren más?
—¡Cómo!… ¡Para predicar ante un rey! En mi vida he visto una chica como usted. No tienen menos de diecisiete.
—¡Diecisiete! ¡Cielos! En la vida soportarÃa yo a tantos, aunque me costara la Gloria. Deben de estar hablando una semana seguida.
—¡Canastos! No predican todos el mismo dÃa… Solo uno de ellos.
—Pues, entonces, ¿qué hacen los demás?
—Oh, poca cosa. Se recuestan por ahÃ, pasan la bandeja… y alguna otra cosa más. Pero, principalmente, no hacen nada.
—Pues, entonces, ¿para qué son?
—Pues para dar tono. ¿No sabe usted nada?
—Ni quiero saber estas tonterÃas. ¿Cómo tratan a los criados en Inglaterra? ¿Los tratan mejor de lo que nosotros tratamos a nuestros negros?