Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Vi que solo se trataba de un diccionario, de modo que puse la mano encima y lo dije. Entonces pareció un poco más convencida, y dijo:
—Bueno, pues entonces creeré una parte, pero lÃbreme Dios de creer lo demás.
—¿Qué es lo que no quieres creer, Joanna? —preguntó Mary Jane, seguida de Susan—. No está bien ni es bondadoso hablarle asÃ, cuando él es extranjero y se halla tan lejos de su familia. ¿Te gustarÃa a ti verte tratada de este modo?
—Siempre haces igual, Mary… Siempre corres a salvar a los demás antes de que sufran daño. No le he hecho nada… Ha contado unas cosas con cierta exageración, y yo dije que no me lo tragaba todo: eso es todo lo que he dicho. Me parece que bien puede aguantar una pequeñez asÃ, ¿no?
—No importa si fue una cosa pequeña o una cosa grande; le tenemos aquÃ, en nuestra casa, y es forastero, e hiciste mal al decirlo. Ponte en su lugar y verás lo avergonzada que te sentirÃas; de modo que no debieras decirle a otra persona una cosa que pudiera avergonzarla.
—Pero, Mary, si dijo…
—Lo que él dijo no viene a cuento… No es esa la cuestión. La cuestión es que has de tratarle bondadosamente y no hablar de forma que se acuerde que no se encuentra en su paÃs y entre su gente.