Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Pues se trata de lo siguiente, Capeto: no estoy tranquilo. No puedo quitarme a ese médico de la cabeza. QuerÃa conocer los planes de usted. Tengo una idea y me parece inmejorable.
—¿Qué idea es esa, duque?
—Que será mejor largarnos de aquà antes de las tres de la madrugada y marcharnos rÃo abajo con lo que tenemos. Sobre todo teniendo en cuenta que lo hemos conseguido con tanta facilidad… Nos lo han devuelto, nos lo han tirado a la cabeza, como quien dice, cuando, naturalmente, pensábamos que tendrÃamos que robarlo. Soy partidario de que nos demos por satisfechos y pongamos pies en polvorosa.
Eso me hizo sentir bastante mal. Cosa de una hora o dos antes hubiera sido un poco distinto, pero ahora me dejaba disgustado y con un palmo de narices.
El rey habló, y dijo:
—¡Cómo! ¿Y sin vender el resto de los bienes? ¿Irnos como unos idiotas dejando bienes por valor de ocho o nueve mil dólares que piden a gritos que nos los llevemos? Y además, todo ello es de fácil venta.
El duque protestó. Dijo que ya bastaba con la bolsa de oro y que no querÃa llevar las cosas más lejos. No querÃa robar a unas huérfanas todo lo que tenÃan.