Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡Qué cosas dice! Solo les robaremos el dinero. Los que compren las cosas serán los que pagarán el pato, porque tan pronto se sepa que nosotros no somos los dueños (cosa que no tardarán en saberlo cuando nos larguemos), la venta no será válida y todo volverá a sus dueños. A las huérfanas les restituirán la casa y con eso ellas ya tienen bastante. Son jóvenes y ágiles y pueden ganarse la vida sin dificultad. Ellas no han de sufrir las consecuencias. Usted medÃtelo un poco… Hay miles y miles que no se encuentran, ni con mucho, en tan buenas condiciones. ¡Mil rayos! Ellas no tienen por qué quejarse.
Bueno, pues el rey le apabulló a fuerza de palabras. De modo que, al fin, se dio por vencido; pero dijo que le parecÃa una locura quedarse, sobre todo mientras pesara sobre ellos la amenaza del doctor.
—¡Al diablo con el médico! ¿Qué nos importa él a nosotros? ¿No están todos los imbéciles del pueblo de nuestra parte? ¿Y no es esta una mayorÃa aplastante en cualquier población?
De modo que se dispusieron a volver a la planta baja. El duque dijo:
—Me parece que no hemos guardado ese dinero en buen sitio.
Eso me animó. HabÃa empezado a creer que no encontrarÃa indicio alguno que me ayudara. El rey dijo:
—¿Por qué?