Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pero yo era de otra opinión. Lo saqué a tientas cuando aún no estarían a la mitad de la escalera. Subí a tientas a mi alcoba y lo escondí allí hasta que tuviera ocasión de hallar mejor escondrijo. Pensé que sería mejor esconderlo en alguna parte fuera de la casa, porque, si se daban cuenta de su desaparición, registrarían el edificio desde el sótano hasta el desván. Eso lo sabía yo muy bien.
Después me acosté vestido, pero ni aunque hubiese querido hubiera podido dormirme, tantas ganas tenía de acabar el asunto. Al cabo de un rato oí al duque y al rey que subían la escalera; de modo que me deslicé del jergón y apoyé la barbilla en la escalera que conducía al desván y esperé a ver si pasaba algo. Pero no pasó nada.
Así pues, esperé a que todos los ruidos de la noche se callaran y no hubiesen empezado aún los de la mañana. Después me deslicé por la escalera.