Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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La persona que entraba era Mary Jane. Sin hacer ruido, se acercó al ataúd, se arrodilló y miró dentro. Después sacó su pañuelo y vi que empezaba a llorar, aunque no la pude oír y estaba de espaldas a mí. Salí de allí y, al pasar junto al comedor, pensé que sería bueno asegurarme de que no me habían visto los que velaban. De modo que volví a mirar por la rendija y vi que todo seguía igual. Ninguno de ellos se había movido.

Me volví a la cama bastante descorazonado por la manera como me habían salido las cosas después de lo mucho que había trabajado y de los riesgos que había corrido. Me dije: si se pudiera quedar donde está, no importaría, porque, cuando estemos a cien o doscientas millas de aquí, río abajo, puedo escribirle a Mary Jane y ella puede hacerle desenterrar para sacar el dinero; pero no es eso lo que ocurrirá. Lo que ocurrirá será que encontrarán el dinero en cuanto vayan a cerrar el ataúd.

Entonces volverá a parar a manos del rey y ya tendrá este buen cuidado de que nadie vuelva a tener ocasión de quitárselo.




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