Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Tenía ganas de bajar a sacar el dinero de allí, claro está, pero no me atrevía. Cada minuto que pasaba me sentía más intranquilo y pensaba que si bajaba nuevamente tal vez se hubieran despertado algunos de los que velaban y podrían pillarme; pillarme con seis mil dólares en las manos, para cuya custodia nadie me había contratado. «No quiero verme complicado en semejante asunto», me dije.
A la mañana siguiente, cuando bajé, la sala estaba cerrada y los que velaban el cadáver se habían ido. Por allí solo rondaba la familia, la viuda Bartley y nuestra pandilla. Miré todas las caras, para ver si había ocurrido algo; pero no pude sacar nada en limpio.
Hacia el mediodía llegó el empresario de pompas fúnebres con su dependiente y pusieron el ataúd en el centro de la sala, sobre un par de sillas. Después alinearon todas nuestras sillas y pidieron a los vecinos que les prestaran más hasta que el vestíbulo, la sala y el comedor quedaron llenos. Vi que la tapa del ataúd estaba igual que antes, pero no me atrevía a mirar debajo delante de tanta gente.