Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Después empezaron a entrar, y los granujas y las muchachas ocuparon los asientos de primera fila, a la cabeza del ataúd. Y durante media hora la gente desfiló despacio, en fila india, y echaba una mirada a la cara del muerto por un momento y algunos derramaban una lágrima, y todo estaba en silencio y muy solemne; solo las chicas y aquellos bergantes tenían el pañuelo pegado a los ojos, la cabeza inclinada, sollozando un poco.
No se oía más ruido que el arrastrar de los pies por el suelo y el de la nariz, porque la gente siempre se suena la nariz en un entierro mucho más que en ninguna otra parte, como no sea en la iglesia.
Cuando quedó todo más que lleno, el empresario de pompas fúnebres se deslizó de un lado para otro con sus guantes negros y suaves y apaciguadores modales, dando los últimos toques, poniendo las cosas y las personas en su sitio, instalándolas cómodamente, y para todo hacía tan poco ruido como un gato.
No decía palabra; movía a la gente de un lado a otro, hacía sitio para los rezagados, se abría paso entre la concurrencia, todo ello con gestos, movimientos de cabeza, señas hechas con las manos. Después ocupó su sitio junto a la pared. Era el hombre más silencioso, resbaladizo y sigiloso que he visto en mi vida. Y tenía tanto de sonriente como un jamón.