Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Habían pedido prestado una especie de armonio —un muérgano— dado de baja por enfermo. Y cuando todo estuvo preparado, una joven se sentó en él y lo hizo funcionar. Parecía tener cólico por los chirridos que soltaba, y todo el mundo se puso a cantar a voz en grito, y Peter fue el único que lo pasó bien, en mi concepto.
Después el reverendo Hobson abrió el grifo, lento y solemne, y empezó a hablar. E inmediatamente estalló en el sótano la barahúnda más imponente que se haya oído jamás. No era más que un perro, pero armaba una algarabía fenomenal y no paraba un momento. El pastor tuvo que callarse y esperar; uno no podía oír ni sus propios pensamientos.
La situación se hacía embarazosa y nadie parecía saber qué hacer. Pero, al poco rato, vieron al patilargo empresario de pompas fúnebres que hacía una seña al predicador, como diciendo: «No se preocupe, confíe en mí». Después se agachó y empezó a deslizarse pegado a la pared, y solo se veían sus hombros por encima de la cabeza de los concurrentes.