Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Siguió deslizándose así, mientras el tumulto se hacía más imponente cada vez. Y por fin, cuando hubo dado la vuelta a dos lados del cuarto, desapareció por la escalera del sótano. Después, al cabo de un par de segundos, oímos un batacazo y el perro soltó un aullido o dos, verdaderamente asombrosos, y después reinó el silencio y el pastor reanudó su solemne perorata partiendo del punto en que la había interrumpido.
Al cabo de uno o dos minutos volvieron a aparecer la espalda y los hombros del empresario de pompas fúnebres, deslizándose a lo largo de la pared. Y siguió deslizándose, deslizándose, por tres lados del cuarto, y después se levantó, hizo bocina con las manos, alargó el cuello hacia el predicador por encima de la cabeza de la gente, y dijo en una especie de susurro ronco:
—¡Había cazado una rata!
Después volvió a agacharse y regresó a su sitio, deslizándose a lo largo de la pared. Se veía que aquello había satisfecho plenamente a la gente, porque, claro, querían saber. Una pequeñez así no cuesta nada y son las pequeñeces las que consiguen que un hombre sea respetado y querido. No había en la población hombre más popular que aquel empresario de pompas fúnebres.