Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bueno, pues el sermón fúnebre fue muy bueno, pero venenosamente largo y aburrido. Y después el rey metió baza y desembuchó una serie de sus acostumbradas estupideces. Por fin quedó terminada la ceremonia y el empresario de pompas fúnebres empezó a deslizarse hacia el ataúd con su atornillador.
Entonces me puse a sudar y le observé muy atentamente. Pero no sospechó nada; se limitó a correr la tapa, con suavidad, y la atornilló bien fuerte. De modo que ¡vaya apuros! No sabía si el dinero estaba dentro o no.
Me dije: «¿Y si alguno se ha llevado esa bolsa a escondidas?… Ahora ¿cómo sé yo si escribir a Mary Jane o no? Si le desentierra y no encuentra nada, ¿qué pensará de mí? ¡Recanastos! —me dije—, podrían darme caza y meterme en chirona. Más me vale aguantar el tipo, guardar el secreto y que no escriba. La cosa está la mar de complicada. Tratando de mejorarla, la he puesto cien veces peor y siento en el alma no haberlo dejado en paz, ¡maldito sea el asunto!».
Le enterraron y volvimos a casa y yo me puse a mirar otra vez las caras; no podía remediarlo y no podía sentirme tranquilo. Pero poco logré, las caras no me dijeron nada.