Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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De modo que el día siguiente al del entierro, a eso del mediodía, se aguó por primera vez la alegría de las muchachas. Se presentaron dos traficantes de negros y el rey les vendió los negros a un precio razonable, por giros a tres días como los llamaban, y allí se fueron; los dos hijos río arriba, a Memphis; y la madre río abajo, a Orleans.

Creí que las pobres chicas y los negros se morirían de dolor. Lloraron abrazados unos a otros y se lamentaron de una forma que me ponía malo de verlo. Las muchachas dijeron que jamás habían pensado en que se separase la familia o se la vendiera fuera de la población.

Todavía no se ha borrado de mi mente el recuerdo del cuadro que presentaban aquellas desdichadas muchachas y los negros, colgados unos al cuello de los otros y llorando a lágrima viva. Me parece que no lo hubiese podido soportar y que hubiese reventado delatando a nuestra cuadrilla de no saber que la venta era nula y que los negros habían de volver al cabo de una semana o dos.

La cosa causó gran revuelo en el pueblo también, y muchos dijeron a las claras que era una vergüenza separar a una madre de sus hijos de aquella manera. A los mismos embaucadores les perjudicó, pero el viejo estúpido siguió adelante a pesar de todo cuanto pudo decir o hacer el duque, y os aseguro que el duque no las tenía todas consigo.


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