Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —No… Por lo menos no todos a la vez. Es decir, no creo haberlos visto salir a todos al mismo tiempo más que una vez.
—¡Vaya! ¿Cuándo fue eso?
—El dÃa del entierro. Por la mañana. Ya era tarde, porque se me pegaron las sábanas. Bajaba yo por la escalera cuando los vi.
—Bueno, sigue, sigue… ¿Qué hicieron? ¿Cómo obraron?
—No hicieron nada. Y no obraron de ninguna manera, que yo viese. Se alejaron de puntillas. De modo que comprendà que habÃan ido allà a hacerle la cama a su majestad o algo asÃ, creyendo que usted estarÃa levantado y que, al ver que no estaba levantado, se quitaban del paso tratando de no despertarle, si es que no le habÃan despertado ya.
—¡Santo Dios! ¡Vaya situación! —exclamó el rey.
Y los dos se quedaron compungidos y con cara de pena. Se pusieron a pensar y a rascarse el cogote unos instantes y después soltó el duque una risita áspera, y dijo: