Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Tiene gracia lo bien que han sabido desempeñar los negros su papel. ¡Fingieron que sentÃan irse de esta comarca! Y yo creà que lo sentÃan. Y usted también lo creyó, y lo mismo le pasó a todo el mundo. No vuelva usted a decirme a mà que los negros no tienen talento de actor. ¡Si de la manera como se han conducido hubieran engañado a cualquiera! Hay una fortuna en ellos, según creo. Si yo tuviera capital y un teatro, no pedirÃa mejor cosa en que invertirlo… Y mira por dónde los hemos vendido por una canción… Y canción que aún no tenemos la suerte de poder entonar. Oiga, ¿dónde está esa canción?… Ese giro, quiero decir.
—En el banco, para que lo cobre. ¿Dónde habÃa de estar?
—Bueno, eso está seguro entonces, gracias a Dios.
Yo dije con cierta timidez:
—¿Pasa algo?
El rey se revolvió contra mà hecho una furia y rugió:
—¡Métete donde te llamen! Cierra el pico y cuÃdate de tus cosas… si es que tienes algo de que cuidar. Mientras estés en este pueblo no olvides eso, ¿has oÃdo?
Después dijo al duque:
—No tenemos más remedio que apechugar con ello y no decir una palabra. Silencio y barajar.