Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn ¡Recanastos! ¡Se me había escapado sin pensarlo! Y antes de que pudiese recobrarme, ella me había echado los brazos al cuello y me pedía que lo dijera otra vez, otra vez, otra vez…
Comprendí que había hablado con precipitación, que había dicho demasiado y que me encontraba en un mal paso. Le pedí que me dejara reflexionar un poco, y ella esperó muy impaciente, muy excitada, muy hermosa, pero con cara de felicidad y alivio, como la persona a la que acaban de arrancarle una muela.
De modo que me puse a estudiar el caso. Me dije que quien suelta la verdad, cuando se encuentra en un mal paso, corre una infinidad de riesgos, aunque no lo sé por experiencia y, por lo tanto, no estoy seguro. Pero así me lo parece a mí, al menos. Y, sin embargo, he aquí un caso en que maldito si la verdad no me parecía mejor y hasta menos peligrosa que una mentira.
He de archivarlo en mi memoria y reflexionar acerca de ello más adelante. ¡Es tan raro y tan anormal! En mi vida vi un caso semejante. Bueno, me dije por fin, voy a arriesgarme. Esta vez diré la verdad, aunque casi es igual que sentarse encima de un barril de pólvora y hacerlo explotar para ver hasta dónde salta uno. Entonces dije:
—Señorita Mary Jane, ¿hay algún sitio fuera de la población, no muy apartado, donde pudiera ir a pasar usted tres o cuatro días?