Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —SÃ… en casa del señor Lothrop. ¿Por qué?
—No se preocupe por eso. Si yo le digo cómo sé que los negros volverán a verse, antes de dos semanas, aquà mismo, y le doy pruebas de ello, ¿irá usted a pasar cuatro dÃas a casa del señor Lothrop?
—¡Cuatro dÃas! —exclamó ella—. ¡Un año me estarÃa!
—Bien, no quiero nada de usted más que su palabra: la prefiero al juramento de otra persona sobre los Evangelios.
Ella sonrió, se ruborizó encantadoramente, y yo dije:
—Si no tiene usted reparos, cerraré la puerta… y echaré el cerrojo.
Después volvà y me senté, y dije:
—No llore. Estese sentada, y quietecita, y sopórtelo como un hombre. He de decir la verdad y es necesario que usted se arme de valor, señorita Mary, porque es una verdad muy amarga, y va a ser difÃcil de soportar, pero no hay más remedio. Estos tÃos suyos… no son tÃos ni mucho menos: son un par de timadores… de desharrapados. Vaya, ya hemos pasado lo peor… Lo demás podrá aguantarlo más fácilmente.