Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Fue un golpe tremendo para ella, claro está; pero ya había salvado los escollos, de modo que seguí adelante. Cada vez le brillaban más los ojos a medida que yo hablaba. Se lo conté todo, desde el momento en que dimos con aquel imbécil que iba al vapor hasta cuando ella se colgó al cuello del rey a la puerta de su casa y él la besó dieciséis o diecisiete veces. Entonces se puso ella en pie de un brinco, encendido su rostro como una puesta de sol, y dijo:

—¡El muy criminal! Ven… no pierdas un minuto… ni un segundo… Haremos que les den un baño de alquitrán y plumas y que después los echen al río.

Dije yo:

—Sí, señorita, pero ¿quiere usted decir antes de ir a casa del señor Lothrop o…?

—¡Oh! —exclamó—. ¿En qué estoy pensando?… —Y volvió a sentarse—. No hagas caso de lo que he dicho…, por favor… No lo harás…, ¿verdad que no?

Posó su sedosa mano sobre la mía y me la acarició con suavidad.

—No creí que me excitara tanto —dijo—. Ahora, continúa. No volveré a hablar así. Dime qué hay que hacer, y lo que tú me digas se hará.


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