Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Me quedé parado, mirándole; él me miró, sentado en la silla echada un poco hacia atrás. Puse la vela en la mesa. Noté que estaba abierta la ventana, por donde habrÃa entrado encaramándose al cobertizo. Me miraba con insistencia de pies a cabeza. Por fin dijo:
—Ropa almidonada… mucho. Debes de creerte un personaje, ¿verdad?
—Quizá lo sea y quizá no lo sea —contesté.
—A mà no me contestes. Has puesto muchos humos desde que me fui. Ya te los bajaré un poco antes de haber terminado contigo. Y además, estás educado, según dicen. Sabes leer y escribir. Te crees mejor que tu padre, ¿verdad?, porque él no sabe. ¡Ya te enseñaré yo! ¿Quién te dijo que podÃas andar tú con todas esas majaderÃas de señoritingo? ¿Quién te dijo que podÃas?
—La viuda. Ella me lo dijo.
—La viuda, ¿eh?… ¿Y quién le dijo a la viuda que podÃa meter baza en una cosa que no es cuenta suya?
—Nadie se lo dijo.