Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Bueno, pues ya le enseñaré yo a entrometerse donde no la llaman. Y, atiende, deja ese colegio, ¿me oyes? Ya le enseñaré yo a la gente a criar a un chico para que se crea superior a su propio padre e insinúe que es mejor que él. ¡Que no te pesque rondando por ese colegio! ¿Me oyes? Tu madre no sabÃa leer, ni escribir tampoco antes de morirse. Ninguno de la familia sabÃa hacerlo antes de morirse. Yo no sé; y ahora andas tú dándote esos tonos. No estoy dispuesto a tolerarlo, ¿me entiendes? Oye… deja que te oiga leer.
Tomé un libro y empecé a leer un trozo del general Washington y de las guerras. Cuando llevaba leyendo cosa de medio minuto, le dio un manotazo al libro y lo tiró al otro extremo del cuarto. Dijo:
—Es verdad. Sabes hacerlo. TenÃa mis dudas cuando lo dijiste. Ahora, escucha: deja de darte pisto. No te lo consiento. Te vigilaré, perillán, y como te pesque por el colegio, te zurraré de lo lindo. Cuando quieras darte cuenta te habrás hecho religioso también. ¡En mi vida he visto un hijo igual!
Cogió una estampita azul y amarilla con unas vacas y un niño y preguntó:
—¿Qué es esto?
—Una cosa que me dieron por saberme las lecciones.
La rompió y dijo:
—Yo te daré algo mejor: te daré una tunda.